La mañana era fresca,
parecía que iba a hacer calor en la tarde, vi el sol matutino, era de un
amarillo intenso, como el vomito, tan atractivamente tentador, solo
pensé para mí en que quizás hoy el día soleado no fuera tan malo.
Las chicas caminan a la escuela hablando, sonriendo, me miran de reojo algunas, y murmuran, si me tienen miedo, eso me haría tan feliz, porque en el fondo, eso me haría a mí la dueña de su corazón.
— ¡Buenos días Shion-kun! —oía a mis espaldas a una chica alegre, era tan común escuchar esos saludos en la mañana.
— ¡Ah! —Hablo un chico— ¡Buenas Onohara-san! — ¡Su voz!
— ¿Qué tal tu fin de semana? —estaba segura que era él, su voz tan repugnante era algo que no podía confundir.
— Normal… —mire sobre mi hombro, solo para encontrarme con su sonrisa— ¡Ah! ¿Hatsune-san? —me mira con una mirada tan amigable, que no lo comprendo ¿Por qué no me tiene miedo? — ¡Buenos días!
— ¡Buenos días Miku-chan! —dijo simultáneamente la chica a su lado, ella era compañera de mi salón, era tan extraño que ahora me viera con una sonrisa cuando varias veces había murmurado en mi contra y aún más extraño que me llamará por mi nombre— ¿Te la pasaste bien el fin de semana? —me tomo repentinamente del brazo, como si yo fuera su amiga.
— Supongo que bien… —dije pausadamente, observando atenta su actitud.
— ¿Bien? —soltó una risa— ¡Tienes que contármelo todo! —empezó a jalarme hacía ella— Vamos al salón ¡Nos vemos luego Shion-kun! —se despidió de él con muchos ánimos mientras me llevaba con ella, apenas nos perdimos de su vista dentro de la escuela, me soltó bruscamente para restregar su mano contra la ropa, con una desesperación tal, como si hubiera tocado algo sucio.
Las personas son tan mentirosas, llenas de envidia y vanidades, son tan repugnantes y asquerosas, que al ver su verdadero ser no puedo evitar enamorarme de su cruel naturaleza, cuando ella me vio con esos ojos llenos de odio, cuando me golpeo en la cara, en aquel pasillo de la escuela y dijo “Conoce tu limite Hatsune-baka”, la ame tanto que quería agradecérselo, quería escupir en su cara, pero solo sonreí, para verla enrojecer de furia y correr hacia el salón.
Después él apareció calmado, sosteniendo su maletín sobre su espalda, para ir al salón, el suyo estaba del otro lado del pasillo, pero lo vi pasar, él sonreía mientras yo solo lo observaba fijamente, mi mejilla estaba roja, ardía del hermoso recuerdo que había dejado mi compañera en ella, y cada vez ardía más ¿Cuál es mi limite? ¿Por qué existe? ¿Por qué existo? Lo pienso pero… ¡No hay respuesta!
Entrar al salón y ver a la misma chica hablando con sus amigas, viéndome de reojo con repugnancia, mientras yo pongo mi maleta sobre el pupitre, miro hacia la ventana, el sol es cada vez más potente y la luz cubre todo el salón, esa asquerosa luz que siempre me muestra la repugnancia de nuestro ser.
La campana suena y empiezan las clases, y así durante el transcurso del día, después de matemáticas, de literatura y geografía, entra la profesora de filosofía con su caminar tan engreídamente elegante que a veces me era fastidioso, puso su cosas sobre el estante y escribió un nombre en el pizarrón.
— Hoy hablaremos de Nicolás Maquiavelo —no suena tan mal, había leído hace mucho sobre aquel filósofo moderno, el hablaba sobre la naturaleza del hombre y mientras la profesora hablaba de él, mis pensamientos volaban lejos.
El ser humano tiene una historia, una vez alguien me la contó, todo empezaba con la creación de un ser perfecto, no necesitaba de nada o nadie para ser feliz, puesto ya tenía todo, era fuerte, era inteligente, era hábil, ágil, pero… era un ser vanidoso, engreído, cruel, egoísta y sumamente repugnante.
Un ser tan perfectamente imperfecto caminaba en esta tierra, atacaba a otros, los lastimaba, puesto él pensaba que por ser perfecto todo debía ser suyo, no importaba la forma, o las circunstancias, nada se le podía ser negado, así que un día Dios se enojo y lo castigo, partiéndolo en dos, y cada mitad se pasaría buscando a la otra el resto de su vida.
Muchos lo consideran una historia de amor, yo la llamo “La Naturaleza de la Humanidad”, esas dos partes, son el hombre y la mujer, seres crueles desde nacimiento que viven en un egoísmo total, buscando la propia perfección, que finalmente no existe.
No importa que Dios haya dividido a ese ser tan perfecto en dos, porque no dividió sus defectos, ambas mitades se llevaron lo malo, su egolatría, su vanidad, su egoísmo, su crueldad, su mente retorcida que se cree merecedora de todo, esa actitud tan repugnante, tan asquerosa, tan grotesca que me hace babear de la emoción.
Mi madre es un claro ejemplo de ese ser, como su marca tan dura que nunca podrá salir de mi corazón, mientras regreso a casa, camino lentamente y veo el cielo nublado, me preguntó él porque de ese cambio tan brusco en el día, siento el aire frío en mis mejillas, ya no hay dolor físico, y así empieza a llover.
— Bueno chicos… —dijo la profesora al sonar el final de su hora— por favor hagan un ensayo sobre lo que piensan del pensamiento de Maquiavelo, nos vemos luego, espero sus tareas —con eso tomo sus cosas y se fue.
La lluvia continuaba afuera, las pequeñas gotas y algunas marcas de granizo golpeaban las ventanas de la escuela, yo observaba la bella escena durante el almuerzo, sin levantarme de mi lugar y pensaba en cuan fatídico podía ser ese día, y ante esos pensamientos me sentía realmente alegre.
— ¡Hey Hatsune! —se escuchaba la mano de alguien azotando contra mi pupitre mientras con voz retadora y mirada cruel se dirigía a mi— ya sabemos lo que has hecho.
— Ya veo… —fue todo lo que dije mientras las miraba fijamente, eran 3 chicas de mi salón, la chica de la mañana, su pelo era negro como ébano, le llegaba a media espalda, otra chica era un poco llenita con pecas y pelirroja, un poco baja, la última era la que tenía su mano en mi pupitre, su pelo corto y castaño, sus ojos eran grandes y luminosos, como si supiera el triunfo en sí misma, las tres eran simplemente ridículas.
— ¿¡Eso es todo lo que dirás!? —la chica de pelo castaño me tomo de una de mis coletas, alzándola y jalándola hacia ella, como queriéndome causar algún daño— ¿¡No sabes cuál es tu lugar aquí!? —yo solo guarde silencio mientras la observaba directo a los ojos, ella jalaba cada vez más fuerte, obligándome a levantarme, era difícil contener la risa.
— Hoy en la mañana te estabas comportando muy amigable con Shion-san ¿No es verdad? —dijo la pecosa enana de pelo rojo— Y no intentes negarlo ¡Amaya-chan nos lo ha dicho todo! —yo seguía sin decir una palabra.
— ¡Es cierto Hatsune! —habló por fin la de pelo negro— por eso Shion-san me ignoro a penas te vio —ya veo, ella estaba celosa de mi, un dulce sentimiento empezó a recorrer mi cuerpo.
— ¡Vamos! —jaló más fuerte mi coleta— ¡Di algo! ¡Por un demonio! —yo solo tome su mano y la estruje fuertemente— ¡Ahhhh! —gritó, mientras se veía forzada a soltar mi cabello.
— No quería decir nada porque quería disfrutar un poco más —dije con una leve risa, mientras la miraba aterrada— ¿Sabes? ¡Eres repugnante! Como un insecto, una cucaracha, apestosa y horrible, ¿Y sabes? Me gustas —dije eso lamiendo su mano con una sonrisa tal de pensar en la perturbación interna que se reflejaba en sus ojos.
— ¿¡Qué le haces!? —grito la chica de pelo negro.
— ¡Suéltala! —exclamó la pecosa, mientras me lanzaba una bofetada en la cara.
Yo solo me sostuve la mejilla mientras las miraba con una sonrisa, ellas estaban aterrorizadas y me veían con enojo e ira, no podían soportar mi presencia, sabían que algo andaba mal, y sus acciones idiotas no terminaron ahí, lo supe cuando entre las tres me tomaron del brazo, por supuesto que no puse resistencia mientras me llevaban a través de los pasillos, y los demás observaban fijo mi expresión sonriente y ellas casi llorando.
Abrieron la puerta del techo de la escuela, y me metieron ahí, recuerdo que dijeron algo como “No salgas de aquí nunca ¡Horrible Hatsune!”, yo me quede parada en la lluvia mientras cerraban la puerta y la atoraban, ahí vi fijamente por la pequeña ventana como bajaban corriendo los escalones y la lluvia aumentaba, un placer frío en mi piel.
Me puse en cuclillas en el piso, y mire el cielo obscurecido que lanzaba truenos, pensaba que debía hacer mi ensayo de Maquiavelo y pensaba en algunas frases de él, ciertamente era mi filósofo favorito, porque pareciera que podía ver a través de mi, cuando hablaba del ser humano y su naturaleza, el decía: “En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven.”
Yo pensaba que era así, les ciega sus pláticas sin sentido cada mañana, sus placeres, el trabajo, el amor, pero olvidaban lo realmente importante o simplemente no querían verlo, mi madre era así, nunca entendí porque me odiaba tanto, jamás entendí porque me abandono, solo sé que en el fondo todo eso me retorció, era consciente de que yo ya no era yo, yo ya no era Miku Hatsune, hace mucho que había dejado de serlo.
— Miku ¿¡Por qué eres tan imbécil!? —yo era una pequeña niña cuando por accidente rompí la taza favorita de mamá, mi mano estaba sangrando por haber tratado de recoger los trozos— ¡Esa taza era importante! Fue de cuando me gradué ¡Idiota!
— Mamá, yo… —decía nerviosa mientras lloraba, me agarraba mi mano que sangraba e intentaba calmar a mamá.
— ¡No digas nada! —gritó mientras me abofeteaba la cara— ¡Me tienes harta! —dijo eso mientras salía del cuarto, yo solo me tiré al piso a llorar mientras metía la herida de mi mano en la boca, absorbiendo el doloroso sabor de la sangre, el calor de esta, el único calor que recibiría en aquel lugar, todo era tan frío, papá no estaba y mamá me odiaba, no tenía nadie en quien confiar o que me abrazara… tan solitario.
— ¡Hatsune! ¡Hatsune! —escuchaba una voz y sentía unos brazos agitándome, me había quedado dormida en el suelo, bajo aquella lluvia.
— Tst… —hice un quejido por el hecho de haber sido levantada de tan maravilloso sueño, y al abrir mis ojos me encontré con su cara preocupada.
— ¿Estás bien Hatsune? —era aquel repugnante chico de pelo azul— ¡Estás ardiendo! ¿¡Cómo terminaste aquí!? —me era difícil verle, era borroso, pero estaba segura que era él.
— Maquiavelo… —dije a penas con fuerza, fue lo primero que vino a mi mente— debo hacer un ensayo sobre él.
— ¿Maquiavelo? —él parecía a punto de llorar, yo ya no podía mantenerme despierta, solo recuerdo sus brazos rodeándome por encima de mi ropa mojada y como estos empezaron a sostenerme.
Tan amplios y grandes, parecían lo suficientemente fuertes como para sostenerme, y me daban un repugnante calor que nunca había sentido antes, una calidez horriblemente satisfactoria que innecesariamente me hacía sentir segura, algo que no entendía y no comprendía, pero de algún modo me hacía sentir… ¿Feliz?
Las chicas caminan a la escuela hablando, sonriendo, me miran de reojo algunas, y murmuran, si me tienen miedo, eso me haría tan feliz, porque en el fondo, eso me haría a mí la dueña de su corazón.
— ¡Buenos días Shion-kun! —oía a mis espaldas a una chica alegre, era tan común escuchar esos saludos en la mañana.
— ¡Ah! —Hablo un chico— ¡Buenas Onohara-san! — ¡Su voz!
— ¿Qué tal tu fin de semana? —estaba segura que era él, su voz tan repugnante era algo que no podía confundir.
— Normal… —mire sobre mi hombro, solo para encontrarme con su sonrisa— ¡Ah! ¿Hatsune-san? —me mira con una mirada tan amigable, que no lo comprendo ¿Por qué no me tiene miedo? — ¡Buenos días!
— ¡Buenos días Miku-chan! —dijo simultáneamente la chica a su lado, ella era compañera de mi salón, era tan extraño que ahora me viera con una sonrisa cuando varias veces había murmurado en mi contra y aún más extraño que me llamará por mi nombre— ¿Te la pasaste bien el fin de semana? —me tomo repentinamente del brazo, como si yo fuera su amiga.
— Supongo que bien… —dije pausadamente, observando atenta su actitud.
— ¿Bien? —soltó una risa— ¡Tienes que contármelo todo! —empezó a jalarme hacía ella— Vamos al salón ¡Nos vemos luego Shion-kun! —se despidió de él con muchos ánimos mientras me llevaba con ella, apenas nos perdimos de su vista dentro de la escuela, me soltó bruscamente para restregar su mano contra la ropa, con una desesperación tal, como si hubiera tocado algo sucio.
Las personas son tan mentirosas, llenas de envidia y vanidades, son tan repugnantes y asquerosas, que al ver su verdadero ser no puedo evitar enamorarme de su cruel naturaleza, cuando ella me vio con esos ojos llenos de odio, cuando me golpeo en la cara, en aquel pasillo de la escuela y dijo “Conoce tu limite Hatsune-baka”, la ame tanto que quería agradecérselo, quería escupir en su cara, pero solo sonreí, para verla enrojecer de furia y correr hacia el salón.
Después él apareció calmado, sosteniendo su maletín sobre su espalda, para ir al salón, el suyo estaba del otro lado del pasillo, pero lo vi pasar, él sonreía mientras yo solo lo observaba fijamente, mi mejilla estaba roja, ardía del hermoso recuerdo que había dejado mi compañera en ella, y cada vez ardía más ¿Cuál es mi limite? ¿Por qué existe? ¿Por qué existo? Lo pienso pero… ¡No hay respuesta!
Entrar al salón y ver a la misma chica hablando con sus amigas, viéndome de reojo con repugnancia, mientras yo pongo mi maleta sobre el pupitre, miro hacia la ventana, el sol es cada vez más potente y la luz cubre todo el salón, esa asquerosa luz que siempre me muestra la repugnancia de nuestro ser.
La campana suena y empiezan las clases, y así durante el transcurso del día, después de matemáticas, de literatura y geografía, entra la profesora de filosofía con su caminar tan engreídamente elegante que a veces me era fastidioso, puso su cosas sobre el estante y escribió un nombre en el pizarrón.
— Hoy hablaremos de Nicolás Maquiavelo —no suena tan mal, había leído hace mucho sobre aquel filósofo moderno, el hablaba sobre la naturaleza del hombre y mientras la profesora hablaba de él, mis pensamientos volaban lejos.
El ser humano tiene una historia, una vez alguien me la contó, todo empezaba con la creación de un ser perfecto, no necesitaba de nada o nadie para ser feliz, puesto ya tenía todo, era fuerte, era inteligente, era hábil, ágil, pero… era un ser vanidoso, engreído, cruel, egoísta y sumamente repugnante.
Un ser tan perfectamente imperfecto caminaba en esta tierra, atacaba a otros, los lastimaba, puesto él pensaba que por ser perfecto todo debía ser suyo, no importaba la forma, o las circunstancias, nada se le podía ser negado, así que un día Dios se enojo y lo castigo, partiéndolo en dos, y cada mitad se pasaría buscando a la otra el resto de su vida.
Muchos lo consideran una historia de amor, yo la llamo “La Naturaleza de la Humanidad”, esas dos partes, son el hombre y la mujer, seres crueles desde nacimiento que viven en un egoísmo total, buscando la propia perfección, que finalmente no existe.
No importa que Dios haya dividido a ese ser tan perfecto en dos, porque no dividió sus defectos, ambas mitades se llevaron lo malo, su egolatría, su vanidad, su egoísmo, su crueldad, su mente retorcida que se cree merecedora de todo, esa actitud tan repugnante, tan asquerosa, tan grotesca que me hace babear de la emoción.
Mi madre es un claro ejemplo de ese ser, como su marca tan dura que nunca podrá salir de mi corazón, mientras regreso a casa, camino lentamente y veo el cielo nublado, me preguntó él porque de ese cambio tan brusco en el día, siento el aire frío en mis mejillas, ya no hay dolor físico, y así empieza a llover.
— Bueno chicos… —dijo la profesora al sonar el final de su hora— por favor hagan un ensayo sobre lo que piensan del pensamiento de Maquiavelo, nos vemos luego, espero sus tareas —con eso tomo sus cosas y se fue.
La lluvia continuaba afuera, las pequeñas gotas y algunas marcas de granizo golpeaban las ventanas de la escuela, yo observaba la bella escena durante el almuerzo, sin levantarme de mi lugar y pensaba en cuan fatídico podía ser ese día, y ante esos pensamientos me sentía realmente alegre.
— ¡Hey Hatsune! —se escuchaba la mano de alguien azotando contra mi pupitre mientras con voz retadora y mirada cruel se dirigía a mi— ya sabemos lo que has hecho.
— Ya veo… —fue todo lo que dije mientras las miraba fijamente, eran 3 chicas de mi salón, la chica de la mañana, su pelo era negro como ébano, le llegaba a media espalda, otra chica era un poco llenita con pecas y pelirroja, un poco baja, la última era la que tenía su mano en mi pupitre, su pelo corto y castaño, sus ojos eran grandes y luminosos, como si supiera el triunfo en sí misma, las tres eran simplemente ridículas.
— ¿¡Eso es todo lo que dirás!? —la chica de pelo castaño me tomo de una de mis coletas, alzándola y jalándola hacia ella, como queriéndome causar algún daño— ¿¡No sabes cuál es tu lugar aquí!? —yo solo guarde silencio mientras la observaba directo a los ojos, ella jalaba cada vez más fuerte, obligándome a levantarme, era difícil contener la risa.
— Hoy en la mañana te estabas comportando muy amigable con Shion-san ¿No es verdad? —dijo la pecosa enana de pelo rojo— Y no intentes negarlo ¡Amaya-chan nos lo ha dicho todo! —yo seguía sin decir una palabra.
— ¡Es cierto Hatsune! —habló por fin la de pelo negro— por eso Shion-san me ignoro a penas te vio —ya veo, ella estaba celosa de mi, un dulce sentimiento empezó a recorrer mi cuerpo.
— ¡Vamos! —jaló más fuerte mi coleta— ¡Di algo! ¡Por un demonio! —yo solo tome su mano y la estruje fuertemente— ¡Ahhhh! —gritó, mientras se veía forzada a soltar mi cabello.
— No quería decir nada porque quería disfrutar un poco más —dije con una leve risa, mientras la miraba aterrada— ¿Sabes? ¡Eres repugnante! Como un insecto, una cucaracha, apestosa y horrible, ¿Y sabes? Me gustas —dije eso lamiendo su mano con una sonrisa tal de pensar en la perturbación interna que se reflejaba en sus ojos.
— ¿¡Qué le haces!? —grito la chica de pelo negro.
— ¡Suéltala! —exclamó la pecosa, mientras me lanzaba una bofetada en la cara.
Yo solo me sostuve la mejilla mientras las miraba con una sonrisa, ellas estaban aterrorizadas y me veían con enojo e ira, no podían soportar mi presencia, sabían que algo andaba mal, y sus acciones idiotas no terminaron ahí, lo supe cuando entre las tres me tomaron del brazo, por supuesto que no puse resistencia mientras me llevaban a través de los pasillos, y los demás observaban fijo mi expresión sonriente y ellas casi llorando.
Abrieron la puerta del techo de la escuela, y me metieron ahí, recuerdo que dijeron algo como “No salgas de aquí nunca ¡Horrible Hatsune!”, yo me quede parada en la lluvia mientras cerraban la puerta y la atoraban, ahí vi fijamente por la pequeña ventana como bajaban corriendo los escalones y la lluvia aumentaba, un placer frío en mi piel.
Me puse en cuclillas en el piso, y mire el cielo obscurecido que lanzaba truenos, pensaba que debía hacer mi ensayo de Maquiavelo y pensaba en algunas frases de él, ciertamente era mi filósofo favorito, porque pareciera que podía ver a través de mi, cuando hablaba del ser humano y su naturaleza, el decía: “En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven.”
Yo pensaba que era así, les ciega sus pláticas sin sentido cada mañana, sus placeres, el trabajo, el amor, pero olvidaban lo realmente importante o simplemente no querían verlo, mi madre era así, nunca entendí porque me odiaba tanto, jamás entendí porque me abandono, solo sé que en el fondo todo eso me retorció, era consciente de que yo ya no era yo, yo ya no era Miku Hatsune, hace mucho que había dejado de serlo.
— Miku ¿¡Por qué eres tan imbécil!? —yo era una pequeña niña cuando por accidente rompí la taza favorita de mamá, mi mano estaba sangrando por haber tratado de recoger los trozos— ¡Esa taza era importante! Fue de cuando me gradué ¡Idiota!
— Mamá, yo… —decía nerviosa mientras lloraba, me agarraba mi mano que sangraba e intentaba calmar a mamá.
— ¡No digas nada! —gritó mientras me abofeteaba la cara— ¡Me tienes harta! —dijo eso mientras salía del cuarto, yo solo me tiré al piso a llorar mientras metía la herida de mi mano en la boca, absorbiendo el doloroso sabor de la sangre, el calor de esta, el único calor que recibiría en aquel lugar, todo era tan frío, papá no estaba y mamá me odiaba, no tenía nadie en quien confiar o que me abrazara… tan solitario.
— ¡Hatsune! ¡Hatsune! —escuchaba una voz y sentía unos brazos agitándome, me había quedado dormida en el suelo, bajo aquella lluvia.
— Tst… —hice un quejido por el hecho de haber sido levantada de tan maravilloso sueño, y al abrir mis ojos me encontré con su cara preocupada.
— ¿Estás bien Hatsune? —era aquel repugnante chico de pelo azul— ¡Estás ardiendo! ¿¡Cómo terminaste aquí!? —me era difícil verle, era borroso, pero estaba segura que era él.
— Maquiavelo… —dije a penas con fuerza, fue lo primero que vino a mi mente— debo hacer un ensayo sobre él.
— ¿Maquiavelo? —él parecía a punto de llorar, yo ya no podía mantenerme despierta, solo recuerdo sus brazos rodeándome por encima de mi ropa mojada y como estos empezaron a sostenerme.
Tan amplios y grandes, parecían lo suficientemente fuertes como para sostenerme, y me daban un repugnante calor que nunca había sentido antes, una calidez horriblemente satisfactoria que innecesariamente me hacía sentir segura, algo que no entendía y no comprendía, pero de algún modo me hacía sentir… ¿Feliz?
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