Había una vez, un reino donde se prosperaba en paz y
un rey reinaba dándole felicidad a sus habitantes. Pero, no sólo por
tener un rey compasivo y bueno, gente amable y solidaria y un reino bien
cuidado, las injusticias no existían. Por que, tanto el desprecio, la
gente racista y egoísmo se presentaba. ¿Qué por qué? ¿por qué un reino
tan perfecto no podía gozar de una extremada tranquilidad sin esos
prejuicios? Pues ésto era causa de la pobreza. Ya habían varios mendigos
por las calles, gente con mala suerte pidiendo o ladrones, y todo por
que el reino Amarillo entró en guerra contra el reino Morado, dejando
varios heridos y catástrofes. Pero eso fue hace un año aproximadamente,
aun así, el rey hacía todo lo que podía por recuperar las arcas de oro
perdidas.
Lo peor, es que el rey Shen no aguantaría mucho tiempo
con vida. Él padecía una enfermedad que poco a poco terminaba con su
vida. Su hijo de 20 años era consciente de ello, y pronto, debería
conseguir una prometida. ¿Las razones? Su madrastra podría quedarse con
todo, y no estaba dispuesto a permitirlo. El chico había buscado
princesas hermosas de otros reinos, pero no encontró una que realmente
le interesaba. Sabía que él llamaba la atención de todas aquellas
princesas rechazadas, todas intentaba tutearle o coquetearle, pero no
funcionaba. Por supuesto, ellas tenían razón. Él era un joven rubio y
apuesto, de ojos azules, de cuerpo bien formado y visibles músculos,
claro que sin exagerarse. Su personalidad... era fría y calculadora.
Apenas sonreía, debido a la muerte de su madre, que fue la única mujer
que ocupó su corazón y le cuidó con mucho cariño. Su nombre era Allen
Kagamine, sin embargo, prefería que le llamasen Len.
Mientras el
príncipe mantenía su misión en busca de una prometida, una jovencita se
hacía cargo de una pastelería. Era una muchacha rubia, de pelo corto
hasta los hombros, delgada y con los ojos más puros, limpios y azules
que nadie haya visto. Siempre vestía una delantal blanco y un pequeño
lazo en su cabeza, pues pocas veces salía de la pastelería. Era una
joven alegre, generosa y amable. Tan pura que muchas de chicas del
pueblo le tenían envidia, pero por supuesto, sin desearle ningún mal.
Rilliane, como así se llamaba la chica, aunque le gustaba más el nombre
de Rin, estaba bajo custodia de sus padrastros, personas codiciadas y
amargas que siempre le dejaban el trabajo a ella. Bueno, a ella no se le
hacía una pésima idea encargarse de los pasteles y bollos, le gustaba
el arte culinario. Era una idol de los niños, la adoraban. Siempre que
podía jugaba con ellos o los cuidaba.
Un día, Rilliane dormía
placidamente sobre una cama compuesta de madera. Presa del frío, tembló y
se acurrucó un poco más en el incómodo lecho. Pasaron unos minutos, y
Teto, su madrastra, la sacudió bruscamente con intención de perturbar su
sueño
—¡Rilliane! ¡despierta!—ordenó con un grito mientras dejaba de sacudirla al verla reaccionar.
—Madre...—murmuró la rubia restregándose un puño contra su ojo.
—¡Arriba holgazana, tienes que trabajar! ¿a qué esperas? ¡vamos, vamos!.
Sin
protestar, la muchacha se levantó dando un pequeño bostezo y se
apresuró a vestirse. Nada en especial, solamente un vestida simple
celeste que le llegaba un poco más arriba de los tobillos y su típico
lazo blanco. Sin olvidar, su delantal. Salió rapidamente y decidió beber
un vaso de leche antes de irse, pero, Ted, la detuvo a tiempo.
—¡Eh! ¿no esperaras a beber algo, no?—preguntó arqueando una ceja.
Rilliane negó con la cabeza.
—No, padre...
—¡Pues venga, te quiero fuera de mi vista, ahora mismo, a trabajar!—impuso él señalando con su gran dedo índice la puerta.
Ella
asintió y salió sin rechistar. Su estómago rugía rogando por digerir
algo, pero ella no se podía permitir ese lujo en ese momento. Si Teto o
Ted se enteraban, la castigarían sin cena algunos días. Y peor aun,
Rilliane no podía tocar ningún bollo o pastel de la tienda, Teto muchas
veces permanecía ahí vigilándola, y ella, era una persona demasiado
humilde y no se permitía probar un trozo ajeno. Mientras esperaba a
alguna persona que entrara, se relamió los labios observando
concretamente un donut de chocolate. Su estómago volvió a rugir, y no
podía evitar tal tentación. Oler el dulce aroma a pastel y bollería,
tener delante de ella comida tan tentadora y azucarada...
—¡Rilliane!
¿qué haces? ¡haz algo, no te quedes ahí parada!—exclamó Teto que apartó
la vista de su periódico sentada en un banco del exterior, donde podía
ver perfectamente el interior de la tienda, y eso la incluía a ella.
—Pero... aun no ha llegado nadie—dijo con sinceridad.
—¡Pero
tienes que hacer pedidos! ¡qué insolente, holgazaneando ahí cuando
estamos perdiendo dinero cada minuto de retraso por tu culpa! ¡muévete
si no quieres que te castigue!—bramó.
Dios, aquella mujer era
demasiado arrogante. Siempre buscaba una razón para gritarla, parecía
disfrutar humillándola. Y bueno, Teto era una mujer muy atractiva y eso
no concordaba para nada con su ser. Juraría que la peliroja tenía un
amante, pues salía muchas veces por la noche y no regresaba por las
mañanas, o andaba charlando o muy apegada a cierto señor de nombre Dell.
Y hablando del rey de roma...
—Señorita Kasane...—un hombre alto, de cabello plateado y de ojos rojos, se presentó ante Teto.
—Señor Honne—le tendió la mano, y éste la besó como buen caballero que parecía ser.
—Está preciosa hoy, ¿le parece dar un paseo?—preguntó colocando su brazo en posición.
Ella
rió coquetamente, y se levantó dejando el periódico sobre el banco.
Entrelazó su brazo con el de él, y echó un vistazo a Rilliane.
—Rilliane, querida, me ausentaré y ah... haz los pedidos—recordó alejándose de allí.
La
rubia suspiró aliviada, y nuevamente sin rechistar, cogió un papel
donde ponía el primer pedido. Envolvió el respectivo pastel y antes de
salir, avisó a Ted, quien con muy mal humor, trató de atender la
pastelería.
Mientras, en un
castillo que estaba a cierta distancia del pueblo, y donde se podía
apreciarlo totalmente, el joven príncipe discutía con su madrastra. De
nuevo, le exigía alguna tontería, como siempre, con el objetivo de
molestar y perturbar la paz del chico.
—¡Allen, ahora mismo me darás el sello! ¡se que tú lo has escondido!
—Y yo eh dicho que no, Ruko—respondió secamente.
—¡Ah!
¡Niño insolente! ¡Solo existen niñatos insolentes! ¡Te recomiendo que
me respetes, porque pronto tendré el control y puedo hacerte cualquier
cosa!—exclamó la pelinegra.
Allen alzó los hombros indiferentemente.
—No dejes de hacerte ilusiones, eso es bueno... sería una pena que no llegaras a poder hacerlo.
La
mujer apretó los puños y salió de ahí echando humo. Allen sonrió con
satisfacción, le agradaba molestar a esa mujer entrometida. Suspiró y se
revolvió el cabello con sus manos. Debía apresurarse con el asunto de
la prometida, pero por otro lado, quería salir de su vida aun que fuesen
tres días. Dejar su vida y ser otra persona que no tuviese que
encargarse de éstos embrollos. Salió del palacio con intenciones de dar
un paseo para despejarse un poco.
Cuando caminaba, iba tan
sumergido en sus pensamientos, que ni cuenta se dio que impactó contra
otro cuerpo. Rapidamente sujetó el brazo de su víctima.
—¿Te encuentras...?—quedó literalmente sin palabras.
La joven parpadeó varias veces, en el mismo estado que él.
—T-tú...—murmuró. La dulce voz de la muchacha llegó a sus oídos.
—Eres igual que yo—terminó Allen.
La
analizó de arriba y abajo, ella se intimidó mucho, y abrazó el pequeño
paquete que contenía un pastel, y gracias a dios, no se cayó. Cayeron en
la cuenta de que el parecido era inmenso.
—P-perdone, joven príncipe Allen...—susurró sonrojada.
—No
tienes por qué disculparte, es mi culpa por no ser cuidadoso... y
dígame, ¿con quien tengo el placer de hablar, a aparte de ésta bella
flor?
La muchacha rió levemente mientras el sonrojo de sus
mejillas se acentuaba un poco más. Con una sonrisa y una reverencia
digna de él, se presentó.
—Mi nombre es Rilliane Kasane—respondió antes de añadir lo siguiente—pero prefiero que me llamen Rin.
—Ya
veo, el mío es Allen Kagamine, y estoy seguro de que eres consciente de
que soy el príncipe del reino amarillo, ¿cierto?—Rin asintió con una
sonrisa—pero llámame Len.
—P-pero... me siento incómoda decirle así... usted es alguien muy importante como para llamarle así, mi señor.
Len
chasqueó la lengua mientras rodaba los ojos. Odiaba que las personas se
intimidaran solo por su rango, bueno, eso no era realmente lo que le
enfadaba. Era que la gente no se permitiese llamarle o dirigirse a él
con otras maneras. Con solo ver a la chica, su enfado había
desaparecido, pero con el recuerdo del trato de la gente hacia él le
hizo consumirse nuevamente en el enfado.
—Solo llámeme Len, ¿vale?
Ella asintió de nuevo, y se sintió mal por alguna razón, puede que fue el hecho de que chocó con él.
—¿Tendría
el placer de acompañarme a mi pastelería para así invitarle a algún
rico pastel?—preguntó educadamente. Si su madrastra escuchara el ''mi''
que ella ni si quiera se percató que añadió, le daría un tirón de
orejas.
—Nada me complacería más que aceptar esa invitación, milady.
Se
dirigieron a la pastelería mientras conversaban alegremente. Allen se
dio cuenta de que la joven era como un libro abierto. Sincera y pura
como sus sonrisas y sus ojos, amable, generosa y sobre todo, optimista y
alegre. Bueno, y no olvidemos su detalle de ser un poco ingenua... Por
otra parte, Rilliane conoció más de él, y percatándose de que era una
persona ''educada'', observadora y un tanto fría. Solo que esa parte de
su personalidad no la desencadenaba con ella, pues su trato hacia la
rubia era muy hostil y amable.
Cuando llegaron, se sentaron en el
banco de en frente, y se miraron el uno al otro. Aun seguía un poco
impactados por... el gran parecido. Rin, sacó agallas y se animó a
preguntar:
—Somos idénticos...
—Así es, oye, ¿está segura de no tener un hermano gemelo perdido por ahí?—preguntó sonriendo divertido.
Ésto le sacó a ella varias risas.
—Bueno,
no sé quienes son mis padres biológicos, me cuidan mis padrastros. Así
que, no se puede descartar su explicación—comentó siguiéndole la broma.
—¿Padrastros?
buff, espero que sean buenos usted, pues tengo claro que todos ellos no
son más que personas egocéntricas, chillonas, repulsivas,
mandonas...—al instante paró y se disculpó.
—No se preocupe—ella dio un suspiro y alzó la mirada al cielo—y mis padrastros no me tratan muy bien que digamos...
—¿Cómo? ¿acaso te tratan mal?—preguntó, sintiéndose idiota por la obvia respuesta.
Rilliane
se encogió de hombros.—Sinceramente... un poco. Practicamente soy yo la
que está a cargo de ésta pastelería, siempre exigen mucho de mí. Yo, yo
doy todo de mí y trabajo con todo mi ser en la pastelería, porque amo
la gastronomía, sin embargo... siempre, hay algo que hago mal—hubo un
deje de tristeza en sus últimas palabras.
Len se conmovió un poco y abrazó a la muchacha, que sólo atinó a balbucear.
—Lo
siento mucho, daría todo lo que fuera por estar en su lugar y no fuese
usted la que sufriese esos tratos—rompió el abrazo y la miró
directamente a los ojos, buscando en lo más profundo de su alma con su
penetrante mirada—es una chica muy pura y amable, no mereces algo así.
Acarició su mejilla, y consciente de lo que hacía ambos se sonrojaron violentamente.
—¡Perdóneme!—exclamó la chica.
—No t-tengo porqué perdonarle si no ha echo nada—tartamudeó.
—De todas formas, perdone...
Disimulando su sonrojo, Len la sujetó delos hombros e intentó sonreirle controlando el gran impulso de acentuar su sonrojo.
—¿Que le parece si nos tuteamos?—preguntó—creo que ya nos conocemos lo suficiente.
—Está bien, Len—sonrió con sinceridad, como siempre lo hacía, y él le devolvió la sonrisa.
—¿Sabes? eh estado pensando en algo...
—Adelante, cuéntame—incitó ella.
—¿Y si...? te parecerá una locura Rin, pero, ¿y si intercambiamos de lugar durante tres días?—propuso no muy convencido.
—¿Cómo? no eh entendido nada, Len—dijo y rió nerviosamente—soy... soy un poco despistada.
—Lo
que trato de decirte, es si tú te pones en mi lugar y yo en el tuyo,
así viviremos la vida del otro, Y como somos tan parecidos, no,
idénticos, nadie se dará cuenta.
—¡Bueno! ¡yo...!—la sola idea de
tener que hacerse pasar por un miembro del a realeza, y en éste caso el
príncipe Allen, le provocó un nudo en la garganta—aun que, tú eres un
hombre y yo una mujer, ¿no crees que se darían cuenta facilmente?
—No,
con eso no creo que haya problema, solo hay que tener cuidado con el
comportamiento, pero... claro, aun no eh escuchado tu respuesta.
Rin se tomó unos segundos para meditarlo, pero finalmente, decidió ceder.
—A-acepto...
—Bien,
no te preocupes, mira, mejor entremos a tu habitación y hablamos más
íntimamente—propuso él un poco pendiente de la seguridad de ambos.
—¿¡Qué!? p-pero es que... ¡está muy desordenada y...!
—Eso
no importa, ¿crees que ahora tendría que fijarme en una habitación o
alguna residencia, teniendo a tal flor delante de mis narices?—confesó
sin vergüenza, ella solo atrevió a sonrojarse.
—B-bueno...
entonces s-sígueme—tomó de la mano al príncipe y lo condujo hasta su
habitación. Ted no estaba en casa, por lo que anduvo más segura. Cerró a
puerta detrás de sí, y se sentó sobre su cama.
—¿Ya puedes continuar?—preguntó la rubia.
Él
asintió, y continuó.—Es muy fácil, ahora solo tú y yo tenemos que
''adaptarnos'' y sobre todo saber más de nosotros para que no haya
errores...—no pudo seguir hablando porque notó el semblante serio de
Rilliane—¿Qué ocurre?
—Es que... sí ésto sale mal y nos descubren,
estoy segura de que mi padrastros me abandonarán, me dejarán sola o me
arruinarán mucho más—musitó.
—Hey...—se acercó a ella y la
estrechó entre sus brazos.—todo saldrá bien. Una de las intenciones de
mi plan, es experimentemos la vida del otro... ¿entiendes?
Rin
asintió y rompió el abrazo.—Bien, entonces empecemos. Mi madrastra se
llama Teto Kasane, mi padrastro Ted Kasane. Trabajo en una pastelería,
los hago y los vendo. Soy muy obediente y me gustan los dulces, pero
odio las espinacas y el puré de verdura. Teto sospecho que tiene un
amante, su nombre es Dell Honne. Tengo 20 años, y ningún hermanastro.
Los niños me ''adoran'' y me gusta salir con ellos de vez en cuando.
¡Ah! me encantan las mandarinas—sonrió con el último comentario.
Len
rió un poco por la rápida explicación, y siguió él.—Mi padre se llama
Shen Kagamine y está enfermo, mi madrastra se llama Ruko Yowane aun que
en realidad sería Kagamine porque contrajo nupcias con mi padre, pero no
me gusta que ella ensucie el apellido real. Tengo un mayordomo que se
llama Kaito, me gustan mucho los plátanos y odio la lasaña... una mal
experiencia. Tengo 20 años y ningún hermano. Las mujeres me ''adoran''
pero nunca les presto real atención.
Con eso, los dos concluyeron
el pequeño expediente. Ambos se intercambiaron de ropa. Len se puso el
vestido celeste de Rin junto al delantal blanco, se soltó el pelo y se
colocó el lazo. Ella, por otra parte, se vistió con las ropas del
príncipe, y se ató el cabello en una pequeña coleta alta. Cuando
hubieron terminado, se sintieron extraños.
—Bien—dijo gravemente
Len.—Creo que es hora de que vuelvas al palacio, y recuerda... tres
días, pero si se complica la cosa, lo adelantaremos, ¿quedó claro?
Rilliane
asintió, y se fundió en un abrazo con él. Se dieron ánimos, y ella se
dispuso a salir del lugar. Ésta se dirigió al palacio, mientras Allen
permaneció en la pastelería. El tiempo pasaba volando, y ambos estaban
preocupados por el otro. Teto y el supuesto Dell aparecieron por la
entrada de la pastelería, y la pareja se despidió. Teto se internó
dentro y miró hurañamente al rubio.
—¿¡Qué miras!? ¡muévete holgazana y preparame un baño con espuma!... estoy muy agotad—suspiró y caminó hasta casa.
Allen
se puso rojo de la ira, ¿cómo Rilliane podía aguantar y obedecer a esa
vieja? ¡dios, si le hubiese puesto una mano encima a su reflejo, juraba
que les haría sufrir a los padrastros! El chico fue inmediatamente a
preparar el baño que le pidieron y rapidamente la mujer se metió dentro
cuando Allen hubo salido ya. Éste fue a la pastelería y esperó
nuevamente a alguien... Hasta que dos niños y una niña corrieron dentro
con una sonrisa en sus labios.
—¡Hola Rin-chan!—saludó un pequeño.
—¿Nos vas a contar hoy un cuento?—preguntó el otro niño.
—¡Si! ¡por favor!—la niña se ilusionó.
Allen arqueó las cejas, pero sonrió como pudo.—Ahora mismo no puedo niños, estoy trabajando.
—¡Jo! menudo marrón—bufó el segundo que habló anteriormente.
—Lo siento pequeños—cogió tres bollos y se los lanzó suavemente a los críos que atraparon en el aire.
—¡Gracias
Rin-chan!—salieron escopetados del lugar, dejándole claro a Len que
Rilliane era la mujer más amable que haya conocido en la vida. Se
sonrojó levemente e intentó apartar los pensamientos.
Ya estaba
oscureciendo, por lo que Ted le gritó que cerrara. Él obedeció y volvió a
su supuesta casa, y al llegar, se sentó en una silla frente a la mesa y
se cruzó de brazos, sin hacer nada, en una pose de meditación. Ted
farfulló un poco y tambaleó la silla donde Len estaba sentado,
haciéndole salir de su trance y corresponder ceñudo.
—¡Espabila
niña! ¿qué esperas para hacer la cena?—¿hacer la cena? el príncipe tragó
incrédulo a lo que le estaba pasando. ¡Él nunca había cocinado! cómo
mínimo pasado mermelada por un trozo de pan, ¡pero no hecho una cena
familiar! para eso tenía cocineros.—¡Tengo hambre, vamos, arriba si no
quieres que te escarmiente!
Apretó los puños. En serio, ¿como
podía Rilliane vivir ahí? imaginar... imaginar que le habían puesto la
mano encima a la rubia, solo provocaba que su rostro se contrajera de
rabia. Se levantó y caminó a la... lo que suponía que era la cocina,
pues era un espacio pequeño y de mal estado. El hombre la miraba,
haciendo que Len estuvieron con los nervios a flor de piel.
—¡Venga!—se
exaltó, desesperado y hambriento. Suspiró, no quería crearle problemas a
la rubia, pero se dio la vuelta y lo encaró, intentando entonar con una
voz dulce y femenina.
—Verá... me siento enferma, ¿no podría pasar ésta vez?—hizo una breve pausa para continuar.—por favor...
El hombre hizo un gesto con las manos, insinuando que se alejara.
—¡Agh!
¡eres una inútil! ¡está bien, pero te quedarás sin cena hoy y mañana!
¡largo a tu cuarto!—la empujó y éste no tuvo más remedio que hacer caso.
Se metió en el cuarto de Rin y se dejó caer en la cama, y con ésta
acción, hizo una mueca de dolor al sentirla extremadamente dura. Se
levantó, palpando la superficie y percatándose al instante de que era
madera, sin colchón alguno. Exhaló y se tumbó con cuidado.
—Mañana
tendré dolor de espalda—dijo, utilizando sus dos brazos como almohada
al colocarlos tras su nuca. Si por él fuera... le daría una mejor vida a
Rilliane. Era joven, hermosa y amable... ¿por qué vivía ésto? ¿nunca
pensó en la posibilidad de escaparse? y lo más importante... ¿por qué
hacía caso? chasqueó la lengua con desprecio, en cuanto saliera de esa
casa y volviera a su verdadera vida, haría algo por ayudarla. La sacaría
del reino y le daría las monedas suficientes para vivir
independietemente... aunque... llevó una mano a su cara, ocultando su
rostro y el pequeño sonrojo que se formó sobre sus mejillas. ¿Realmente
él quería que se fuera del Reino?
Meneó la cabeza olvidando aquello, y deseó, que a ella le hubiese ido mejor.
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